sábado, 22 de febrero de 2014

El sueño de los diez millones

La República Dominicana tiene potencial para lograr que diez millones de extranjeros lleguen a su territorio en plan de paseo, tal cual lo ha planteado en más de una ocasión, el Presidente de la República, licenciado Danilo Medina; y puede asegurarse sin ningún género de dudas que cuando el territorio dominicano esté en condiciones de alojar y atender a tal número de visitantes a lo largo de un año, tendrá más personas empleadas no solamente en los negocios propios de los servicios turísticos, sino en muchas otras actividades colaterales.
    
Pero se impone establecer una diferencia entre la capacidad potencial y la capacidad real, la de cada día, por lo cual, de no realizarse los esfuerzos indispensables, ese número de extranjeros que podrían llegar y salir, no se habrá vuelto más que un sueño expresado en la voz del Presidente Medina.
    
Uno de los obstáculos trata de la seguridad individual, porque a la hora de promover al país como destino de viajeros, no puede pasarse por alto la ola de asaltos callejeros, robos con escalamiento, atracos y, en el peor de los casos, asesinatos de dominicanos y hasta de extranjeros, que, como en los casos ocurridos en la costa Norte, han devenido en una sensible reducción de la entrada de turistas, en ese polo turístico, en los años recientes. Por consiguiente, este es un flanco a atacar y vencer, pues nadie mejor que un extranjero que visita un país y halla satisfacción en él, para promoverlo; como tampoco hay peor promotor que quien, en la misma circunstancia, no se encuentra a gusto y casi por obligación disuade a quien le diga que pretende visitar el territorio en donde no encontró una agradable acogida.
    
Se impone cultivar un turismo de calidad moral, pues aunque atracciones distantes de una vida ordenada concitan el interés de muchos individuos de esa ralea, no es menos cierto que justamente ha sido entre existencias viciosas, en donde se han producido algunos homicidios cuando disparejas parejas han roto las dispares relaciones. De manera que, por los caminos más apropiados, deben conducirse las conquistas de viajeros que busquen reposo, sanas entretenciones y conocimientos y no francachelas que, a final de cuentas, desdicen de un adecuado destino turístico.

Los servicios cuentan, por supuesto, pues ningún visitante indebidamente alojado, inadecuadamente atendido, insatisfactoriamente tratado, aunque sea un coterráneo, se decide por retornar al lugar en el cual no encontró el ambiente esperado a cambio de sus pagos; y por supuesto, bajo tal circunstancia, desacreditará al país.
    
El clima del “todo incluido” es parcialmente atractivo, aunque no solamente los involucrados de manera directa en la producción de los servicios turísticos, sino el gobierno central y los gobiernos locales, están llamados a abrir un abanico de opciones vinculadas con la Naturaleza, con la cultura ancestral y popular de estos tiempos, con la arquitectura colonial allí en donde se encuentra y de los estilos victoriano y republicano en las ciudades dominicanas que florecieron económicamente entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, y por supuesto, también con los ritmos bailables populares y cultos de raíces dominicanas y con las ofertas museográficas.
    
Las últimas, por cierto, requieren imaginación y recursos, pues son muchos los campos a explotar, desde los propios de vidas de dominicanos sobresalientes hasta los vinculados con sucesos históricos recreables mediante dioramas, pero ningún museo surge de la nada y a la imaginación y empeño de quienes los conciban se requiere sumar una cantidad de dineros para levantarlos.
    
Los diez millones de visitantes anuales, por tanto, son una esperanza colocada como cebo para el crecimiento de la economía; pero no llegan solos ni puede pensarse que vendrán, como bien lo dice la expresión coloquial, “por la linda cara de las gentes”.

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