jueves, 29 de agosto de 2013

Ante la descomposición en R.D

                                                                                                                                                                                                                                                                   
La descomposición moral en la República Dominicana se ha expandido por todo el tejido social y peligrosamente dentro de las instituciones públicas, las cuales deberían ser garantes no sólo de los derechos fundamentales de los ciudadanos, sino de todo el orden social y de la soberanía de la República. Ese mal social se asocia a la corrupción y a la impunidad, con su secuela de criminalidad y delincuencia, suicidio, feminiciadio, violencia generalizada e inseguridad ciudadana. Ese es el cuadro general que trae consigo la descomposición moral, consecuencia de un modelo socioeconómico que privilegia el materialismo del dinero con exclusión de todo respeto por los valores y principios que han de normar la vida humana.
    Una clara señal de esa descomposición sistémica de la sociedad dominicana de hoy, la acaba de lanzar al conocimiento público la presidenta de la Cámara de Cuentas, cuando ha confesado que: “Con los recursos que se distraen a través de las distintas instancias del Estado, se podrían hacer dos Repúblicas Dominicanas”. Esa afirmación da la idea del alcance y magnitud de la corrupción pública y privada, la cual se ha convertido con la “modernización y el progreso” en un modo de vida de muchos dominicanos que han aprendido a despreciar las normas y las reglas del  comportamiento ético y legal, así como el valor de la vida misma. Ese modo de vida, violento y delictivo, a su vez promueve la desigualdad social, la pobreza de amplios segmentos de la población y la concentración de la riqueza a favor de una minoría que se ha beneficiado con la disolución del viejo orden social, el cual  pese a su tradicionalismo subdesarrollado propiciaba un mayor nivel de seguridad ciudadana.
    Otra evidente consecuencia de esa corrupción develada, ha sido la ineficiencia de las dependencias públicas para ofrecer los servicios públicos, los cuales exhiben un deterioro cada vez mayor que reduce la calidad de vida de los dominicanos. En ese contexto caracterizado por la precariedad  y la inseguridad, la vida del dominicano resulta un acto angustioso y un “milagro diario”, especialmente para el hombre común expuesto a tantas inseguridades y vicisitudes. 
Ante tanta indefensión, la gran población concentra sus esperanzas en que el Gobierno pueda realizar un buen gobierno, como lo intenta hacer, que al menos pueda devolver con su buen ejemplo y ejecutorias la tranquilidad perdida. 

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