martes, 20 de noviembre de 2012

Las fuerzas de la desintegración

 NURY RIVAS


Don Ángel Espinal, preocupado por la situación y motivado por mi artículo de la pasada semana, me envía esta colaboración. Considerando que está acorde a la realidad que acontece, extraje este resumen, confiando en que estas reflexiones extraídas de “La Respuesta Baha'i Ante la Crisis de Nuestro Tiempo”, serán de ayuda para todos. Gracias Don Ángel por su amabilidad.
   
El  mundo  de  hoy  está caracterizado por cambios increíblemente rápidos. Incapaces de  responder  ante estos nuevos desafíos  las estructuras que de antaño  servían  como fuentes de estabilidad y guía en la sociedad, tales como la familia, la iglesia y las estructuras gubernamentales, van  perdiendo influencia y capacidad  para  proveer  una adecuada guía.

Ante los cambios en el mundo y en sus vidas,  y  sin  saber  a  dónde  volverse   para  recibir  una   orientación adecuada,  muchas personas  andan  a  la deriva  sin  encontrar significado o propósito en su vida.
   
En todos los ámbitos de la sociedad se manifiesta una profunda crisis.  Se recurre a la violencia y el terrorismo para  imponer  agendas políticas.   El  materialismo induce una red  insaciable  de riquezas y placeres  terrenales  que  desplaza  los  valores  de amor, bondad y  generosidad, llevando  a  la destrucción del  medio ambiente, que es el sostén de la vida misma. Una actitud irresponsable hacia el matrimonio deja hogares desintegrados y  a  hijos  sin padres. Números crecientes de personas buscan escapar de la realidad mediante el uso del alcohol y las drogas. Todas  estas tendencias, y muchas más, desgarran el tejido social acelerando el proceso de desintegración.
Todos estos problemas se relacionan con la pérdida de los valores morales.
   
Los principios éticos y morales son una poderosísima directriz para la vida humana.  Sin  un  compromiso  consciente  con  ellos, las personas tienden a  dejarse  arrastrar  por  deseos egoístas y  la gratificación inmediata. 
   
La religión ha perdido su influencia moral, no sólo en la sociedad, sino también entre sus propios seguidores. Al pensar en la religión, muchos la  asocian con un conjunto de creencias y  dogmas que  tienen poco o nada que ver con la manera en que viven su vida diaria.
   
Muchos dirigentes religiosos han confundido la religión con  sus propios intereses personales  y  materialistas, viendo en ella solamente, un medio para ganarse la vida.
Al considerarse que la religión  no es  relevante a  la  hora  de enfrentar los problemas sociales de nuestro tiempo, han sido los gobiernos y los estadistas los que han tenido que intentar solucionarlos.
   
A pesar de la buena voluntad, los resultados son mínimos. La brecha económica es una enorme división entre ricos y pobres. Persisten odios ancestrales entre pueblos y naciones. Aumenta el crimen y la violencia organizada, se vive con inseguridad.  Los servicios básicos no alcanzan a grandes porcentajes de la población mundial. La explotación indiscriminada de los recursos naturales amenaza a las próximas  generaciones  con  problemas inimaginables.
   
Los líderes  mundiales  no  han sido  capaces   de concebir planes viables que alivien los males de la humanidad. Esto no significa falta de esfuerzos, el problema es que los esfuerzos se enfocan principalmente a tratar los síntomas, sin tocar las causas de la desintegración.

Ningún esquema que aún puedan diseñar los cálculos de los mayores estadistas, ninguna doctrina que se propongan desarrollar los exponentes de la teoría económica, ningún principio que puedan esforzarse por inculcar los más fervientes moralistas suministrará, en última instancia, los cimientos adecuados sobre los que ha de erigirse el futuro del mundo.
   
Como resultado,  un espíritu de  solidaridad  mundial  se alza gradualmente, dando lugar a una gama de avances visibles, que van desde el rechazo de prejuicios raciales arraigados hasta la conciencia cada vez mayor de  la ciudadanía mundial. Desde la  mayor  concienciación  ecológica  a las colaboraciones por la  promoción de la  sanidad  publica, desde la preocupación por los derechos humanos a la búsqueda sistemática de  la  educación  universal,  del  establecimiento de  actividades interreligiosas, al florecer de organizaciones locales, nacionales e internacionales dedicadas de una u otra manera a la acción social.
  
 En resumen,  toda persona de buena voluntad que aporta al bienestar común, está contribuyendo al proceso de la integración.


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