lunes, 29 de abril de 2013

No es difícil ser un buen ciudadano

Por Pedro MENDOZA.--


De la misma manera que es relativamente fácil ser un buen esposo, lo es ser un buen ciudadano. El otro día, al final de una charla que di en el salón de un club barrial sobre los seis tipos de matrimonios o uniones maritales que, según mis observaciones, se dan en nuestro país, uno de los asistentes, talvéz un hombre que rondaba los 50 años, me preguntó  ¿qué es más fácil, doctor,  ser un buen  esposo o un buen ciudadano?  Mi respuesta a tan inesperada pregunta fue: ¡Ser un buen ciudadano,  es mucho más fácil, mi amigo! 
    
Buen ciudadano es aquel que conscientemente durante el transcurso de su vida se aboca, voluntariamente, al cumplimiento de la tarea de vivir en armonía con las reglas y disposiciones que la sociedad ha creado  para regular la convivencia normal y pacifica de sus componentes con un bajo nivel de conflictos.  Hay otras definiciones, pero esta es propia. El buen ciudadano sabe que hizo un contrato explícito o sobreentendido  para mantener un vínculo responsable con las normas de civilidad, honestidad y legalidad sociales, independientemente del poderío económico, político-militar o científico que posea. Se apega a dicho contrato sin estridencias, amenazas, chantajes ni lloriqueos maliciosos. 
    
El buen ciudadano tiene suficiente fuerza moral y control emocional para no desequilibrarse ni perturbarse cuando tiene que aceptar y adaptarse a la realidad de la ley. Al no sentirse perturbado  ni desgraciado  por el cumplimiento de lo convenido con las instituciones reguladoras de la  sociedad, no recurre a la ideación de truquitos con el propósito de evadir o burlarse del convenio acordado con la sociedad.  No se siente obstaculizado, idiota  ni pendejo cuando cumple el convenio de ajustarse a las nuevas responsabilidades que la sociedad va implementando y reacomodando con los años, sino que se enorgullece,  se siente competente  e  idóneo para involucrarse con la nueva realidad. 

Aunque una veta  de egoísmo individualista, propio de humanos, aflore en sus actitudes y conducta, ésta no alcanzaría el suficiente nivel para que llegue a entonar la violenta y descarada melodía: “Lo mío es mío; lo tuyo, lo de ustedes y cualquiera otra “chilatica” que esté por ahí, también  es mío.” El buen ciudadano vive convencido que ser solidario y justo no lo convierte en víctima sino en triunfador. Por eso goza de la libertad y fortaleza de  no engañar, no mentir para beneficiarse,  ni pasarse de listo cuando negocia un acuerdo con una institución o con su vecino. 

Además, una vida honrada y decorosa ni lo cansa ni lo fastidia. El individuo se corrompe y corrompe a otros, pero el buen ciudadano fue inmunizado contra esa malévola  plaga de dos brazos que ataca a ricos y a pobres por igual, aunque parezca paradójico, porque si bien es cierto que un pobre podría corromperse en baja escala más fácil y rápido que un rico, el rico corrompe a otros con esmero y astucia, “virtudes”  de las que carece un pobre. 

Nuestro país, desgraciadamente, en vez de tener solo ciudadanos probados, tiene diez clases diferentes: 

1) El “conformista o amorfo”;  siempre está de acuerdo “con lo que Dios haga por él”, y comulga  con las ideas, actitudes y conducta de todo el mundo. 

2) El “compuesto”; sigue y realiza los diversos comportamientos que exhiben varios grupos sociales. Un día estafa o comete abuso de confianza, miente al coger prestado, un día tiene ideas revolucionarias o de derecha y de vez en cuando se muestra honrado y educado. 

3) El “comediante”; muy común en las trincheras políticas. Este es tan común como los muertos en un cementerio. 

4)  El “anticomplementario”; es un contradictor visceral. Jamás está de acuerdo con nadie en hechos u opiniones. Es un narcisista consumado. Veraz y correcto es únicamente lo que él hace, dice y propone. 

5) El “paranoide”; pone en duda y no da credibilidad a nada de nadie. Todo lo que venga de un contrario le despierta suspicacia. Comúnmente es militante político de nuestro entorno.

 6) El “cismático”;  se caracteriza porque divide a cualquier grupo que llega. 

7) El “camaleón”; cambia de piel siempre y cuando se beneficie él y nadie más. 

8) El “ñonguero”;  es el típico vive-bien cogiendo “ñonguita”, “pica” a todo el mundo, pide y come en todo el vecindario, no trabaja porque “eso es para los pendejos” y se viste y calza con zapatos y ropa usados de vecinos y conocidos. 

9) El “podre de oficio”; este tipo de ciudadano ha hecho de su supuesta pobreza una lucrativa profesión. No tiene trabajo pero invade tierra ajena y allí construye una casucha que luego vende, pero consume alcohol diario, juega lotería y tiene dos mujeres porque, según este tunante, “Dios aprieta pero no ahorca.”
    
Y finalmente, 10) el “serio-probo”; es el ciudadano honesto y escrupuloso que por ser como tal, la población lo llama con el apelativo de “pendejo”. 

0 comentarios:

Publicar un comentario